Tanto la radio, como la televisión o la escrita son prensa y prensa dedicada a formar opinión. No a dar los hechos, sin más, y que cada uno juzgue y se haga su composición de lugar. Lo hacen con carita de buenos y de no haber roto un plato en su vida, pero lo cierto es que cada quién arrima la sardina propia al ascua de lo que encienden en los fallos de los demás.
De otra manera no se entiende que si uno lee La Razón, por ejemplo, sin aplicar un mínimo de higiene mental, termine convencido de que estamos bordeando la catástrofe, pero más del lado del vacío que del lado de tierra firme. En cambio El País sugiere que no pasa nada y si pasa se le saluda, que aquí todo el mundo vive de buten y los catastrofistas y antiespañoles son los que alarman a la buena gente.
La buena gente, entre tanto, lo pasa mejor o peor en función de lo previsora que haya sido y como consecuencia de las medidas económico-empresario-financieras que haya tomado en relación con su mínima economía, con tiempo suficiente y con el tino oportuno como para que no le coja la crisis y lo empitone por el cuello como el toro a José Tomás.
Uno, en su modestia, cree que habría que haber tomado medidas en su momento, aunque hubieran sido impopulares, con tal de salvar el bienestar de los ciudadanos; pero los que mandan decidieron callar y ocultar lo que realmente acontecía pese a los gritos anunciando al lobo que se proferían desde el lado perdedor de las elecciones.
Leyendo, escuchando, y viendo a unos, si el Tribunal Constitucional - ese alto tribunal que se inventó cuando lo de la Transición y que ha dado más disgustos y quebraderos de cabeza que otra cosa - amite el Estatuto de Cataluña y, dentro de él, el término nación, España está rota. En cambio otros, por escrito, de viva voz y con su presencia ante las cámaras animan a que se produzca el hecho.
Al llegar aquí, uno tiene que mojarse y manifestar su opinión. La mía es que ni un sólo Estatuto más, ni una cesión de más derechos a las Autonomías; antes bien, recorte en materia sanitaria, en materia de educación y en el cachondeo de las lenguas cooficiales. Chocolate para todos, apretarse el cinturón y a trabajar; si yo tengo que ser llamado a filas, a las del trabajo, claro, estoy dispuesto a aplazar mi jubilación. Y dejarnos de pamplinas de alianzas de civilizaciones, de "matrimonios" raritos, de "educaciones" espúreas y de tanta y tanta farfolla mental como anida en la cabeza de los que nos gobiernan, que han hecho más daño durante su mandato que entre Carlos IV y Fernando VII juntos.
¡Ah! y la prensa - toda - a informar, no a opinar
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