Para poder pensar con tranquilidad decido salir a coger espárragos. A coger, que no a freír, por aquello de que haya ido lejos en mi captura. Eso contando con que los espárragos se cojan y no se cacen, se recolecten, se capturen, o cualquier otro verbo que pueda ser adecuado al caso que nos ocupa.
El espárrago en un ser al que pierde la soberbia. Va uno, tranquilamente por un caminillo, un sendero o una vereda y, de repente, el indivíduo se yergue desafiante ante nosotros, como si quisiera decir: “Aquí estoy yo, ¿qué pasa?”. Pues pasa que uno está como Rajoy, que no le aguanta a nadie ni un mal pensamiento, siente el impulso asesino de cortar la desafiante cabeza, pero servidor no actúa con ligereza sino que reflexiona y piensa que un espárrago no hace tortilla y pretende seguir sin hacer caso al reto, cuando advierte que alrededor del osado, cuatro o cinco congéneres más mantienen una actitud como de agazapamiento, callada, a medias entre el miedo y la emboscada y ya no duda más; se lanza a la batalla. No se pueden dejar enemigos a la espalda.
Todo el mundo que ha estado en la guerra sabe que lo peor que se puede hacer es descrestar a contraluz y éso, precisamente, es lo que ha hecho el primer soberbio, con lo que atrae el fuego del enemigo y lo que es peor, su vista. El contrario que pasaba sin darse cuenta de la presencia del pelotón agazapado entre las ramas de la esparraguera, al ver al primer fatuo, repara en la existencia de los demás y allá que se lanza al exterminio de todos. El combate suele ser corto y termina con los espárragos decapitados porque no pueden huír en desbandada, el deber se lo impide. El deber de haber sido hechos para crecer... o ser comidos.
El enemigo sigue su camino, pero ya alertado de la existencia de tropas emboscadas lo que hace que sea mucho más peligroso, porque con seis espárragos no hay para un revuelto y ahora se necesitan más, muchos más para poder preparar la pitanza con garantías de sabor a espárragos y con la satisfacción de que, al llegar a su cuartel general, el mando le felicite: -¡Cuántos has cogido!, en lugar de chancearse: -¿Ésta miseria traes?.
Aparte de los descabezados que te desafían irguiéndose orgullosos, están los estrategas, que se alzan en terraplenes y lugares de difícil acceso. Es una táctica estudiada que contribuye a que los espinos de los alrededores, las ramas secas, y los pinchos de las chumberas pongan las manos del enemigo como acericos, pero él es implacable, seguirá segando cabezas mientras un mal apoyo en un sitio escarpado no le haga rodar hasta la base. Y ni siquiera así cejará en su empeño de conseguir un buen manojo de bravos soldados que habrán sido inmolados por la tontería del primero que descrestó a contraluz, desafiando a quien podía más que él.
También, las ramas secas que se disfrazan de espárragos tienden a conseguir que se distraiga la atención del buscador, pero sólo por un instante; advertida su no comestibilidad se sigue la tarea de encontrar nuevas víctimas con las que aumentar el manojo. ¡Y qué satisfacción la de cruzarnos con otro aventurero cuyo botín es sensiblemente inferior al que llevamos conseguido! Casi al orgasmo “zerólico” se llega cuando yendo tras de algún competidor que nos precede encontramos varios ejemplares en los que el que iba delante no había reparado. El calificativo es inmediato y resuena en nuestro cerebro como el restallar de un látigo: “-Ése es tonto”, pensamos con regocijo.
No sólo se aprende estrategia en esta aventura esparraguil; también choca que una cabeza tan blanda pueda perforar la tierra e incluso el asfalto, sin más objeto que seguir la luz del sol. Para conseguirlo se valen de tres sistemas que funcionan de manera coordinada: Una forma adecuada, lentitud en el proceso y un cambio de textura que consiste en tener una consistencia dura en el tiempo en que están bajo tierra y ablandarse posteriormente para hacerse tiernos cuando ya han crecido unos centímetros.
Dicho en términos en los que nos podamos entender: el tipo correcto con la cabeza en forma de ariete acabado en punta, paciencia para horadar sin prisas, pero empujando con constancia y ... la dureza suficiente para penetrar sin sufrir daños ni causarlos de manera innecesaria. Ésto último, que puede parecer una tontería, también lo es como el resto de esta entrada, pero detengámonos por un instante ante un espárrago cuya punta apenas haya salido del suelo. Toquemos con suavidad lo que asoma de su cabeza y nos asombraremos de lo dura que la tiene, -pido perdón por el modo de señalar-. Luego no nos extrañará que, conseguido su objetivo de aflorar a la superficie, se ponga tierno y nos ofrezca -orgulloso- su propia vida para que nos deleitemos con él en revuelto barroco o en tortilla ordenada.
Salgan, vayan, no se priven del magnífico ejercicio que les propongo; pero asegúrense de que hay más de uno cuando empiecen a cogerlos, de lo contrario, les veo terminar su paseo con tres ejemplares en la mano y con cara de tontos.
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