Se aprecia un aire distinto en las intervenciones de unos y otros en las cuestiones que hacen referencia a asuntos relacionados con la política.
En los debates de las diferentes cadenas de televisión, los voceros de los vencedores de las pasadas elecciones hablan como si fuera dogma de fe cuanto preconizaron antes de día 9. Y los ciudadanos de a pie, corremos el riesgo de que nos vendan gato por garza.
Hablan con tanta desenvoltura y con tal autoridad que si no fuera porque emplean la misma falta de rigor que usaban antes, ni se les reconocería. Hay, entre ellos, personajes como para llenar el patio de Monipodio en el que se han convertido casi todas las tertulias que se dan en televisión: una tal señora Iglesias, bajita, cabezona y con una necesidad urgente de arreglo dental, vestida habitualmente como para ser el monigote de una tarta, cuando no arropada en chales demasiado grandes, que arremete con las palabras más duras contra la derechona culpable de todos los males e incluso del asesinato de Lincoln y cuyo discurso no varía de una tertulia en otra. Tozudez para defender lo que ella opina no le falta, lo que le falta es educación para dejar que sus contrincantes puedan formular siquiera el atisbo de un argumento. Apenas han pronunciado las cuatro o cinco primeras palabras de su discurso, gritando como una energúmeno, impide que se entienda el resto del argumento y da la falsa impresión de que son ella y lo que ha dicho quienes están cerca de la verdad. Es hábito muy significativo de quien no tiene razón ni es capaz de hilar argumentos. Insulta a todo el que lleva la contraria y no me extrañaría que, alguno de sus habituales oponentes, se levantara un día y dejara la tertulia con un tertuliano menos.
Otro especimen de la misma catadura es un tal señor Sopena, que parece hacer honor a su apellido por lo admonitorio y lleno de veladas amenazas de su discurso. Amenazas de descalificación... por él decretada, como si tuviera la potestad única para dar patentes de verdad y mentira, de “progresía” y de “¿regresía?” Éste, además de interrumpir, a las tres palabras se pone a insultar en plan apisonadora y lo hace con un tonillo de perdonar la vida del interlocutor. Parece que una sentencia reciente le condena a pagar una multa de unos cuarenta mil euros a algunas víctimas del terrorismo, por atentado grave contra el honor o algo así. Pues bien, la ha recurrido con el auxilio de alguna asociación de prensa, y hasta que la sentencia devenga firme tendremos que aguantar las descalificaciones del señor al que aludo. A mí, los vericuetos dialécticos del señor Sopena me recuerdan mucho a las maniobras de Yago en Otelo. Insidia vertida por aquí, asomo de sospecha sin pruebas por allá, el León de Venecia es, en realidad, un juguete guiado por la lengua de serpiente del que no es más que su alférez. La mala leche del émulo de Yago no creo que sirva para mucho más que para levantar algún dolor de estómago en los que no le consideramos fiable a la hora de seguir sus vericuetos mentales e ideológicos, pero eso tiene fácil remedio, con no ver los programas en los que interviene, bicarbonato administrado. Aunque confieso mi debilidad por seguirle y comprobar la dureza facial con la que sostiene los argumentos más peregrinos. Parece ser que está casado con una señora también tertuliana, gorda y boquituerta en sentido recto -y en el que se me figura que debe ser el figurado de la palabra- que sigue sus mañas, y también es periodista, y vitriólica aunque desde lo de la igualdad de género no sé si es ella la que sigue a él, o él el que sigue a ella que los que comparten colchón... ¡Qué espectáculo nos depara la opinión!
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