Llueve y, en el ambiente, hay humedad; frío que se mete en los huesos. Por las calles mojadas y casi desiertas, bajan riachuelos de agua fría que los imbornales han sido incapaces de tragar. Algún coche pasa y se aleja con un ruido como de miríadas de caracolillos machacados. Llueve y, en el ambiente, hay humedad.
En la casa están tristes el padre y los hermanos, porque madre no tiene la niña que se muere. El médico lo ha dicho: -Morirá sin sufrir. Y todos esperan sin saber bien qué hacer mirando como la bombilla, la única bombilla que luce en la casa sucia en la que está muriendo la niña, se bambolea desganadamente impulsada por las leves corrientes de aire que se cuelan por las ventanas desvencijadas, las menos, y rotas, sin cristales ni postigos, las más.
Un niño pasa por la calle llevando el ganado, la dula, a la casa de cada cabra, porque ninguna es de él. Es un niño duro y reseco, con una fibra impropia de sus nueve años. Ha visto parir cabras, aparearse ovejas y no sabe escribir. Es, como un barco viejo que no hubiera navegado nunca y estuviera varado a la orilla del mar.
Llueve, en el ambiente hay humedad y, al abrigo, en sus lugares de reunión, en las iglesias, en los ateneos, en los clubes, en las plazas donde no llueve, un coro canta villancicos porque llega la Navidad. Nadie sabe de la niña que va a morir, nadie sabe del niño que lleva las cabras a sus casas. Nadie sabe nada de nadie.
A veces, los que cantamos, no sabemos porque no podemos saber y otras porque no, no queremos enterarnos. Mientras tanto, fuera, llueve y, en el ambiente, hay humedad; frío que se mete en los huesos.
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