En estos tiempos, la eficacia es la medida de la mayor parte de las cosas. Y un paradigma de la eficacia es el fútbol: si un equipo juega mal y gana, "tutti contenti", si juega bien y pierde, el entrenador debe ponerse en remojo y si juega mal y pierde, ha de hacer las maletas y dedicarse a entrenar a otros... o quedarse en el paro.
Recientemente le ha pasado al, ya, ex entrenador del Valencia.
La prensa se ha entretenido en destacar el comportamiento de la afición, enfrentada al técnico, y sus gritos de ¡Quique vete ya!, que un domingo sí y otro también aturdían a los espectadores de Mestalla. Y finalmente, tras la derrota ante un rival directo, el Consejo de Administración del Club, decidió cesar al que todos -Consejo y la parte más gritona de la afición- consideraban culpable de los males del equipo, que no eran tantos, porque estaba clasificado en cuarto lugar de la tabla.
Si la eficacia es un buen parámetro, la pregunta resulta obvia: ¿a cuántos de los actuales miembros del Gobierno, empezando por su Presidente, habría que echar al grito de: "¡Fulanito vete ya"!?
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