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> El bicicleto <

Así es que, con mi inseguridad a cuestas y mi falta de dominio de las relaciones de marchas, confiando en mi experiencia con la Orbea azul de piñón 12 y plato 22 de mi juventud más tierna y en eso que se dice acerca de que ir en bicicleta no se olvida me lancé a la aventura de recorrer los tres kilómetros y medio que separan el lugar de la compra de mi bicicleto de mi sitio de residencia. Nada espectacular dicho así, pero vestido de calle, con unos “camalillos” –artilugio que se pone en el extremo de la pernera del pantalón para evitar ésta que se introduzca entre el plato y la cadena con consecuencias funestas para todos- el casco azul, obligatorio para salir a bicicletear, y con el sillín de la bicicleta allá arriba, casi en los cielos debía tener un aspecto como de alguien de los años cincuenta trasladado a la era aerodinámica.
El primer intento de montar en marcha fue baldío y el zigzagueante rumbo de la bicicleta al errar en el empeño de pasar la pierna por encima del sillín me puso en alerta roja, pero no era cuestión de cejar en conseguirlo, así es que, bajando el tronco hasta casi rozar con la cara la rueda delantera y en una demostración de arrojo pasé la pierna a la vez siguiente. Me satisfizo el éxito, pero mi alegría duró un instante porque a cuatro metros tenía un STOP de parada obligada ya que la calle desemboca en una carretera nacional antigua, en cuesta, por la que circulan vehículos a motor y de nuevo tuve que parar, aunque esta vez con una pierna a cada parte del cuadro. Comprobada la ausencia de otros vehículos, reemprendí la marcha sin la precaución de comprobar cuál era la relación plato-piñón, con la que me estaba moviendo. Justo: el plato enorrrrme y el piñón pequeñíííísimo. Mover ese desarrollo en cuesta arriba era tener la sensación de que habían soldado la cadena al plato y ambos a la carretera. Empujando desesperadamente, logré dar velocidad –la de una tortuga- al bicicleto y eso me permitió hacer tres o cuatro cambios al buen tuntún, con el último de los cuales conseguí seguir pedaleando cuesta arriba, manteniendo la verticalidad mientras los coches pasaban por mi izquierda estremecedoramente próximos.
Cuando hube reanudado la marcha me dí cuenta de inmediato de que: a) no tenía la musculatura de mis años mozos, b) mi peso era de treinta kilos más que entonces, c) el aire, en estos días, contiene una cantidad de oxígeno mucho menor que la que tenía entonces, porque si no fuera así, no tendría yo esa necesidad imperiosa de llenar mis pulmones a razón de una docena de inspiraciones por pedalada.
Mal que bien –más mal que bien- pude seguir. Pensando en lo poco que me quedaba para coronar lo más duro de la cuesta, pasé por delante del lugar en el que se había echado la mula que llevaba los Corporales a Daroca y comprendí al animalito.
Cuesta adelante, echando los bofes, porque aún no había cogido yo el tranquillo a los cambios de marcha y porque hacía más de diez años que no había cogido una bicicleta, llegué al sitio en el que algún malvado edil había mandado pintar un paso de cebra, ese invento del que se dice que bienaventurados los que confían en él, porque ellos verán pronto a Dios. Lo que yo ví fue el camino expedito y acelerando, no fuera cosa que me tocara echar pie a tierra, pasé el sitio a costa de aumentar mi frecuencia respiratoria. A esas horas tenía la sensación de que mi laringe estaba en carne viva.
Pero no hay mal que cien años dure, ni cuesta que sea eterna, así que, poco a poco la pendiente se hizo más suave y me permitió recuperarme. Gozaba yo pensando en la cuesta abajo, casi doscientos metros de recta, y me dejé llevar por la inercia. De pronto me dí cuenta de que el edil no había hecho sólo lo del paso de cebra, sino que había hecho poner una especie de banda elevada –muy elevada- atravesada en la carretera y, de seguir a esas velocidades –debía estar rozando los treinta por hora- me podía estozolar lindamente, así es que apliqué los frenos ... y respondieron, gracias sean dadas al Altísimo. Poco a poco reduje el gozo de la velocidad a la sensación de seguridad que me proporcionaba el llevar una marcha más lenta. A esas horas mi ritmo respiratorio estaba recuperado y el cardíaco llevaba camino de hacerlo.
Los hombres varían todo y la cuesta, que desembocaba en un paso a nivel cuyas cadenas tendía una señora guardabarrera con la antelación suficiente como para que nosotros –los chavales que bajábamos a tumba abierta, a veces dos montados en la misma bicicleta- las rompiéramos un día sí y otro también, la cuesta, digo, desemboca ahora en una bella rotonda, de la que nace la carretera que pasa por debajo de las vías del tren y tras cincuenta metros de trazado lleva hasta otra bella rotonda desde la que parte la carretera, ésta si, que lleva hasta mi pueblo.
Empieza con una suave cuesta que, no obstante su lento ascender, te va preparando para el repecho conocido como la Cuesta del Santísimo, un zigzag brutal que se encabrita de golpe como un purasangre loco. Decidí que era el momento de poner plato pequeño y piñón grande, por aquello de subir con comodidad y dicho y hecho... de pronto me ví pedaleando desaforadamente y sin avanzar un metro, como si la cadena se hubiera salido del engranaje. Precipitada rectificación que me llevó a poner... la marcha que Dios quiso. Y Dios no estaba muy a favor mío porque a la cuarta pedalada estaba iniciando el repecho sin resuello ya y con las fuerzas justas para mantener el equilibrio.
Echando mano de la raza, acordándome de Bahamontes y con la determinación de no echar pie a tierra, porque me temía que más que pie sería cuerpo, apreté los diente, los pedales, el culo y todo lo que se podía apretar en circunstancia tan deslucida como aquella. Por fortuna “labor improbus omnia vincit” y con sufrimiento, consumiendo todo el oxígeno que había a mi alrededor pude llegar arriba, junto a una acequia en la que poner el pie y seguir con mi tarea de sobrevivir a base de llenar y vaciar los pulmones, como un neumático en pruebas.
Llegó la calma, porque todo llega si la muerte no nos sorprende antes, y con la sensación de que Vlad el Empalador estaba haciendo de las suyas en mi espalda reemprendí la marcha pensando si lo de la bicicleta habría sido o no una buena idea, me quedaba un kilómetro de cuesta arriba, ya menos empinada por fortuna, con algunos tramos de diez o quince metros de trazado llano y lo pude recorrer con una cierta dignidad. Habrá que reconsiderar, me dije, las posibilidades de que esto no se convierta en una tortura. Haremos pruebas y conoceremos el material, que ésta es una nueva especie de ciclismo hecho para otro cuerpo. Aprenderemos lo que haya que aprender.


2007-10-10, 18:51 | 2 comentarios

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Comentarios

1
De: ilparra Fecha: 2007-10-17 16:29

Tu blog es muy interesante. Ojalá se pudiera ir en bicicleta en todas las grandes ciudades.
Si quieres ven a ver mi blog.



2
De: Rigel Fecha: 2007-10-18 12:19

Gracias por sus palabras ilparra, siempre es agradable comprobar que uno no predica en desierto.
Visité su bog, muy bello,le felicito, pero el italiano no se me da bien, excepto para leerlo.
Saludos



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