Ya lo he averiguado. La gente andaba mohína y gruñona, crispada y de uñas porque había de volver a trabajar.
A la gente, en general, lo que le gusta es no tener que volver a trabajar...hasta que le apetezca. Y, entonces, trabajar el rato que le guste en lo que le resulte grato y que le paguen abundantemente, de acuerdo con sus méritos, claro, que al parecer de cada quién, los propios son enormes. (La gente tiene tanta consideración hacia sí misma como sólo puede tenerla una madre hacia su hijo o hacia el novio reciente de su hija, que suele ser un chico serio, de buena familia, con un trabajo estable y que gana..., hasta que se descubre la verdad y la desventurada averigua que el sujeto es casado, tiene tres hijos con diferentes mujeres, ha hecho un desfalco por el que le busca la policía y el predictor asegura que la niña está embarazadísima del todo, digo... del tío.)
Por lo tanto, lo que ocurre es que la realidad de cada uno no coincide con sus expectativas y de ahí vienen la frustración, el desencanto y la mala leche.
Pero que nadie se alarme, porque tengo la solución a tan arduo problema: jubílense todos. La jubilación es el estado perfecto que te permite hacer lo que te gusta, cuando quieres y por el espacio de tiempo que te apetece. Sólo tiene dos inconvenientes: que no te pagan todo lo que te mereces -que obviamente es mucho más de lo que te pagan- y que tu santa esposa haya decidido que has de participar en las tareas del hogar. El primero tiene solución fácil porque, como se acercan las elecciones generales, el Presidente aumentará la cuantía de las pensiones y en cuanto al segundo, con no aparecer por casa hasta las horas de las comidas...¿Ven como encuentro solución para todo?
Hasta más ver.
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