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> Coca Cola y terrorismo <

Desde hace mucho tiempo, las compañías que se dedican a la fabricación y venta de refrescos de cola han ido guardando celosísimamente las fórmulas de sus preparados. Son más secretas las mezclas que hacen y el proceso de fabricación de sus productos que las de la bomba atómica, que cualquier mindundi –véase Irán- puede montarse sin más que tener unas lavadoras que centrifuguen bien y rápido.
No contentos con desarrollar las fórmulas y encerrarlas bajo siete llaves, han venido obsequiándonos con unas magníficas campañas de publicidad para incitar a la gente a probar sus productos y a consumirlos habitualmente: “La chispa de la vida...” y allí todo el mundo, los potenciales consumidores, pensando que la ingesta del producto les iba a proporcionar un plus de felicidad irrenunciable por el módico estipendio de lo que costara el botellín.
“Al mundo entero quiero dar/ un mensaje de paz...” -pónganle música ustedes mismos, que seguro que la recuerdan- el personal, se identificaba con un mundo sin guerras, de quererse y buen rollito, en el que todos fuéramos el objeto del amor de los otros con tal que nos embauláramos unas botellitas, que con una sólo no iba a hacernos efecto.
Además de éstos, otros muchos que han sido la delicia de las multinacionales de la publicidad y que han obligado a sus creativos a esforzarse para tener cada vez más penetración en el mercado y cada día más... consumidores. Iba a escribir adeptos o adictos, porque los refresquitos parece que crean adicción.
Y las leyendas urbanas en el entorno de la Coca Cola, que si el secreto de la fórmula, que la composición contemplaba la presencia de cocaína, que el tornillo más oxidado volvía a funcionar sumergido durante unos minutos en el jarabito, que contenía euforizantes inocuos, que era la bebida más democrática porque todo el mundo consumía “gran reserva”... trucos, engañifas, subterfugios para enmascarar que lo que se pretendía con todo eso era vender, vender, vender..., pero creando la necesidad para que no pareciera que lo que se pretendía era cambiar un poco de líquido barato por dinero. Un dinero que superaba con mucho el sumatorio de los costes de puesta a disposición del consumidor.
Cada vez más, la gente joven sustituye el vino de las comidas por algún tipo de cola. Los emigrantes menores de cuarenta años que vienen de los países del este, la beben con más frecuencia que el agua. Les gusta más que cualquier otra bebida que se les pueda ofrecer, porque la han visto desde siempre como un bien inalcanzable.
Por centrarme en una sola marca diríase que se ha producido un proceso lento y firme de “cocacolización” de la humanidad, de modo tal que el refresco es tan necesario que “ya no se puede vivir sin él”. Es como el tabaco con su adicción, pero, al parecer, de consecuencias sólo dulzarronas y de arrebato de un sector económico a otros competidores en eso de la fabricación de productos líquidos incluidos entre los de la alimentación –aunque sigan siendo ponderadas sus propiedades como eliminador de óxido de tornillos no está demostrado que se vayan a vender concentrados de Coca Cola en las ferreterías- y, por tanto, habrá que concluír que, a modo de guerra económica, la Coca Cola ha jugado sus bazas, ha movido su diplomacia y ha conseguido que sus competidores se muevan sólo en los espacios que ellos les dejan.
Pues lo van a tener mal porque ahora el Embajador de Sudán en Washington ha amenazado a los Estados Unidos en lo que más les puede doler, que es la economía y el orgullo, al afirmar que o los USA se avienen a no sé qué cosa o su país deja de proporcionar a Coca Cola un mejunje que es vital para la fórmula secreta del bebedizo. Eso a pesar de que ese ingrediente se da también en otros muchos países; pero el Embajador ha sido firme: “ O me dan esto o mi país no les venderá nunca más esto otro...” Terroristas, que son unos terroristas que amenazan constantemente al auge de la civilización occidental...

2007-06-06, 18:35 | 0 comentarios

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