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> Después de las municipales <

Los pajaritos cantan, las nubes se levantan y han vuelto a ganar todos. Los de izquierdas, los de derechas, el centro y los extremos. ¡Qué bien!
Luego empiezan los análisis “en profundidad” y van apareciendo las sorpresas. Unos dicen que los otros han ganado donde siempre y que para votos útiles los que ellos han recogido, que los votos de los otros no han hecho sino confirmar lo que ya se sabía, que en tal o cual comunidad son unos tales y unos cuales. Los contrincantes afirman que menudo “paseo” les han dado y que ya quisieran seguir teniendo derrotas como ésta que les han infligido. Y todos afirman que se verán las caras en las elecciones generales próximas. ¿Que cuánto de próximas? Eso no se sabe, que lo ha de decidir el Sr. Presidente del Gobierno, ése que me cae mal por zote. Igual las convoca para el año pasado.
Si no anduviéramos dándole la vuelta a las cosas que ocurren para tenerlas más claras (¿) los que más votos han tenido en cada sitio habrían de ser los vencedores; pero eso sería demasiado simplista y lo entendería todo el mundo. Así es que vamos a ver las consecuencias de que la mayoría no sea absoluta y a la luz de tan claro pensamiento determinaremos quién gana. Puede que sea el que menos votos haya obtenido. No es que puede, es que con la macana de nuestra Ley Electoral –ésa de la que “nos hemos dotado” los españoles- ocurre en no pocas ocasiones que el que termina gobernando es el partido, el concejal, el grupo “bisagra”.
Si no fuera porque no tiene ninguna, tendría gracia que, después de haberse gastado una pasta en arrimar el ascua a su sardina, después de esfuerzos ímprobos de los candidatos de los partidos mayoritariamente votados, por el hecho de que un ciudadano –dignísimo, por cierto- haya sacado una cincuentena de votos en un pueblo pequeño, sea él el que determina qué programa es el que se aplica en cada caso.
Es una especie de estafa a la buena fe de los votantes, que se saben mayoría, que han votado para que se lleven adelante una serie de proyectos, tengan que plegarse a lo que determinan unos pocos que, eso sí, dan su voto a quienes más les ofrezcan. Es tanto como decir que con cincuenta votos se gobierna en un pueblo en el que hay seiscientos votantes. No logro entenderlo.
El que yo no lo entienda no es una novedad porque, como viene poniéndose de relieve a lo largo de los escritos que pongo en este blog, mis entendederas son más bien obtusas y acostumbro a ver oscuro lo que otras mentes más lúcidas que la mía ven clarísimo. Sólo una suspicacia: siempre ven clarísimo lo que conviene a sus intereses y oscurísimo lo que les resulta contrario. ¿Me hago una pregunta o no vale la pena?

2007-05-29, 17:03 | 0 comentarios

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