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> Urbanismo femenino <

De las mujeres y de los pueblos se han de recorrer todas las calles para conocerlos. Y aún así se corre el riesgo de no haber visto o no haber sabido interpretar determinados signos que aparecen a lo largo del recorrido.
Los hombres no, los hombres somos lineales y producto del urbanismo moderno, calles rectas, ángulos rectos, manzanas de planta cuadrada de iguales dimensiones, pocos monumentos, escasos adornos e incluso es posible que la altura también esté limitada.
Nada que ver, por lo tanto con la “urbanización” interna de las féminas. Las calles están trazadas al albedrío de los moradores, allá se estrechan, aquí, la misma calle es un poco más ancha. Curvas, curvas por todas partes, porque la naturaleza femenina le tiene horror a la línea recta, rincones encantadores, plazuelas que suelen ser deliciosas, manzanas ... redondas, elípticas, apuntadas y las curvas dan paso a monumentos en lugares escogidos e inopinados, los adornos abundan y en cuanto a la planta de las casas el más total de los desbarajustes: casas que se meten en otras, fachadas tan estrechas que por ellas no cabe más que una persona y que dan paso a casas de salones inmensos, edificios que tapan el crecimiento del edificio vecino...
Por simplificar, diríamos que lo masculino es resultado de un urbanismo cartesiano, mientras que lo femenino viene de lo más profundo de los tiempos, es tan intuitivo que al hombre aún no le había dado tiempo a ponerse a pensar. Para nuestra época resulta incómodo con sus trazados de callejas que se bifurcan y de pasadizos que vuelan sobre la calle de la que proceden, con lo intrincado de sus callejones, lo impensable de sus adornos, que te sorprenden por su misma sencillez y por la pertinencia de su ubicación.
Recorrer las calles que hacen a un hombre es fácil porque sabes que la calle 33 sucede a la 32 y es seguida por la 34. Adentrarse en las calles femeninas es correr el riesgo cierto de perderse. Si, a la dificultad del trazado se le añade la belleza de los rincones, la serenidad de las plazuelas y la vorágine de las calles empedradas y en cuesta, que alternan las escaleras con las piedras sobre las que se ha edificado la ciudad, no es de extrañar que nos perdamos en el intento de recorrerlas y quedemos, para poder salir de él, a merced de quien ha construído el laberinto. Ni siquiera ellas entre ellas, que manejan el mismo tipo de “urbanismo” están seguras al meterse en el trazado de otras. Y la pregunta que hay que hacerse es ¿lo construyen así instintivamente o es algo maquinado y pensado para que nos perdamos?
Para intentar conocer cada uno de los pueblos antiguos has de ir acompañado de alguien que lo haya vivido. Sólo esas personas, o quienes lo hayan estudiado muy bien, van a ser capaces de enseñarte todo lo que necesitas saber para disfrutar de su belleza. Con la parte moderna de las ciudades y las urbanizaciones al uso, basta un plano. Por lo tanto, el conocimiento pierde interés y carece del componente aventurero imprescindible en todo descubrimiento que se precie.
A un servidor lo que más le gusta es llegar a un pueblo antiguo, sin plano ni guía y empezar a recorrer sus calles perdiéndome, volviendo atrás, equivocándome, rectificando y llegar a conocer todo lo cognoscible de primera mano, sin otro intermediario que la propia orografía y el trazado arbitrario de las vías. Aún a riesgo de perderme para siempre.




2007-05-26, 14:22 | 0 comentarios

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