Lo de los fuegos es un tema que da para mucho. Sobre todo desde el punto de vista de la adjetivación: fuegos pavorosos, fuegos artificiales, fuegos controlados, fuegos incontrolados, fuegos criminales, fuegos fátuos, fuegos de pasión, fuegos purificadores ... y basta, que a éstos últimos quería yo llegar.
La quintaesencia de los fuegos purificadores se da en las Fallas de Valencia. También en las Hogueras de Alicante, pero –con todos los respetos a “la millor terra del món”- las últimas son ... como de segunda división en comparación con las primeras. Lo mismo, pero otra cosa. Y no voy a hablar de las “Gaiatas” de Castellón. En realidad las tres celebraciones no son sino tres pretextos para hacer saber a los demás lo que es el Mediterráneo en fiestas. Ni mentar quiero a los Sanfermines o a la Feria de Abril, fiestas a las que se dedica un esfuerzo apabullante de medios de comunicación de ámbito nacional en comparación con el dedicado a las tres de la Comunidad Valenciana. Pero vayamos al grano.
Han terminado la Fallas. No sé cuántos millones de personas se habrán dado cita en Valencia, pero seguro que la cantidad se aproxima más a la cifra que han dado los organizadores que a la que dé el Gobierno. He tenido la oportunidad de estar durante tres días enseñando los diversos actos a unos amigos que han viajado mucho, que han visto multitud de espectáculos y de fiestas, que han visitado gran cantidad de países y que saben de qué hablan. Se han quedado a-no-na-da-dos. No sólo por la Ciudad de las Ciencias y las Artes –que bastaría para justificar una visita a Valencia- sino por la fiesta en sí.
Que nadie intente encontrar organización –está detrás de todo, pero no se ve- en el caos; que nadie rebusque orden en el comportamiento de la gente; el “pensat i fet” aparece en todos y cada uno de los momentos del vivir diario. Las Fallas son eso: planificación a largo plazo para poder disfrutar del caos durante tres días. De otra manera no se concibe que el gentío se aglomere con apenas problemas en la Plaza del Ayuntamiento para gozar de una “mascletá” que dura cinco minutos. De otra manera no es concebible que las Comisiones Falleras vayan con sus Falleras Mayores, sus Cortes de Honor, sus niños de pecho, sus flores en fin, a hacer la Ofrenda a la Virgen de los Desamparados. De otra manera no se puede entender que se manejen cientos de toneladas de explosivos en ambiente festivo y que apenas haya un accidente que lamentar.
Los simplistas, los exquisitos, dirán que la “mascletá” son ruidos. Los tacaños acusarán a la fiesta en su conjunto del “derroche que se transforma en fuego y nada”. Los progres que la ofrenda es idolatría y exhibicionismo. Es igual; las Fallas son como son y no hay que darle más vueltas al asunto ni buscar lo negativo que puedan tener, porque son FIESTAS, como todas las que he nombrado antes y como algunas que no he nombrado, son expresión y explosión del carácter mediterráneo.
Pero lo mejor de todo es que son fiestas que evolucionan. La mascletá del día de San José al decir de un director de orquesta de gran prestigio, tuvo compás, mantuvo el “tempo”, hizo un “crescendo” perfecto, encontró la cadencia adecuada y finalizó apoteósicamente, como en una pieza de percusión para concierto. Y todo eso realizado con “masclets” y tracas... en Moncada. ¡Qué diferencia con las de mis tiempos de juventud en los que se buscaba sobre todo asombrar a los asistentes con la capacidad de ruido! No es de extrañar, pues que las Fallas se conviertan en una referencia del turismo mundial. Que vengan, que nos visiten, que nos vean y que nos conozcan. Algo haremos para no tener que odiarnos.
Así es que, si vienen a las Fallas del año 2008, que acaban de empezar a organizarse ya, no se pierdan una mascletá por más que les resulte incómodo llegar a la Plaza del Ayuntamiento. Vayan, al menos a la una de mediodía porque de lo contrario tendrán que estar muy lejos para disfrutar del concierto.
No dejen de asistir, sin prisas que tarda dos días en completarse, durante un ratito al menos, al desfile de la Ofrenda. Comprobarán la riqueza del traje de valenciana, verán cosas que les emocionarán y comprobarán que cada Comisión Fallera lleva el acompañamiento de un conjunto de música, que de eso tenemos una buena producción.
No se pierdan el castillo de la Nit del Foc sin preocuparse demasiado por coger sitio... se dibuja en el cielo.
Vayan a la Calle Sueca cualquier noche para asombrarse con la iluminación.
Pasen por la Catedral y vean los frescos renacentistas del Altar Mayor que acaban de ser restaurados.
Dediquen, al menos, un día a visitar la Ciudad de las Ciencias y de las Artes y, cuando se encuentren cansados, dense una vuelta por el Oceanográfico.
Paseen por la parte vieja de la ciudad y vean un par o tres de las fallas normales y otro par o tres de los monumentos falleros monumentales, tampoco hay por qué pasarse el día de una falla a otra. Intenten leer los carteles que hacen referencia a las escenas que se representan. El valenciano lo lee casi de corrido un castellano-parlante porque es natural. No “está hecho” para que los demás no nos entiendan y perdón por la forma de señalar.
Coman buñuelos si les apetece. No son fritanga y las autoridades competentes vigilan escrupulosamente la composición de lo que se ofrece y las condiciones higiénicas de su elaboración.
Cuando hayan hecho todo eso y vuelvan a sus lugares de residencia cansados, pero contentos y con muchas cosas para recordar y para contar, preparen el siguiente viaje a las Fallas. Así entenderán por qué hay fuegos... y fuegos.
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