Hay cosas que reconcilian con el mundo y otras que te ponen de punta con él. Hemos hecho una sociedad tan zafia, tan inane, tan borreguil y tan falta de sensibilidad que parece que lo que cuenta sólo sea la comodidad, las ganas de pasarlo bien, la falta de compromiso, el comprar todo a costa de pagar el precio que sea. Júzguese:
Pareja de jóvenes, ella y él, que tras pensárselo mucho deciden que no van a convivir permanentemente. Ya han estado conviviendo a salto de mata, se conocen bien y parece que la vida en común requiere algún sacrificio por parte de los dos, que ninguno de ambos está dipuesto a soportar. Rompen sus relaciones y durante seis años se dedican a “disfrutar” de su libertad cada uno a su aire. Todo muy moderno y muy civilizado. Al cabo de ese tiempo, la reflexión les hace ver que están mejor juntos que separados porque lo que han conocido tampoco les satisface plenamente... y se casan.
Todo parece sonreírles. Ella es una mujer de mundo, culta, educada, moderna, que hace sus pinitos en el mundo de la política y él se transforma, en poco tiempo, en un ejecutivo agresivo que gana “pasta”, tiene encanto, y administra como puede su ración de estrés. Tienen, pronto, una hija. Un encanto de criatura. A poco de nacer la niña, no todo son mieles entre la pareja y, sin pensárselo poco ni mucho, se separan judicialmente. Vuelta a empezar la búsqueda de... la otra mitad, etcétera. Otra vez, todo muy limpio, muy civilizado, muy de sonrisa de oreja a oreja.
La niña cumple añitos y ahora es cuando viene lo bueno. Hay que celebrar su cumpleaños porque todos los amiguitos de tres años lo celebran, claro, y de no hacerlo, la niñita podría ser pasto del trauma, de la pelagra o de yo qué sé, pero tanto el padre como la madre están ocupadííísimos con sus quehaceres y no pueden dedicarse a la minucia de preparar una tarta y llamar a los amiguitos para que vengan a ponerlo todo perdido en casa de cualquiera de los progenitores, toda minimalismo y diseño. Aquí es donde nuestra sociedad viene en auxilio de los atribulados padres. Se enteran de que hay una especie de “celebracionarios” que se dedican, por un estipendio nada desdeñable, a celebrar cumpleaños, santos, comuniones, y otros eventos para mocosos y lo hacen de manera absolutamente profesional. Se pueden celebrar treinta o cuarenta simultáneamente en las amplias instalaciones del complejo hostelero.
Contratan el servicio que incluye la cita a los invitaditos y allá que se van con la homenajeada a celebrar su “cumple”.
Llegados a la recepción del complejo dan sus datoos y se les asigna un espacio con pequeñas tiendas de campaña y cachivaches varios, en el que la niña va a recibir a sus invitados. Los padres permanecerán fuera del ámbito reservado a los niños. A medida que los invitados llegan, van depositando sus regalos en consigna y cuando todos están acopiados se llevan al “corralito” en el que la criatura se dedica a aburrirse abriendo los paquetes de los obsequios con que le han festejado sus amiguitos. Al tercer paquete, la niña está hasta el pirri y se limita a señalar los envoltorios repitiendo “mío, mío...” Los padres, todo de sonrisa blanca, todo de limpieza y asepsia, advierten a los invitados adultos que la niña está “emocionada”. Se sirve una cerveza a cada adulto y unos cacahuetes para que se vayan entreteniendo mientras los niños son conducidos al lugar en el que toda la estupidez ha tenido su asiento y se dedican a lo suyo, pelearse, darse mordiscos, tirar del mismo peluche intentando arrebatarlo al otro, mientras los padres observan cómo los empleados orientan las acciones infantiles en orden a “socializar”, que le dicen ahora, los comportamientos. Los padres de las criaturas observan, acojonados, como “socializan” sus crías porque ellos jurarían que se andan zurrando la badana, pero está mal visto creer algo así y... bueno, “socializan” ellos también.
Llega el momento de la tarta y de las velitas.
Un empleado pregunta cuántos añitos cumple la niña y los padres le indican que tres. El empleado pone y enciende tres velitas. Todos los niños han sido conducidos al lugar en el que se les va a servir la pitanza y la cumpleañera está sentadita en lugar preferente. Le ponen delante la tarta, de cartón piedra, con las tres velitas. La niña sopla y las apaga, todo el mundo aplaude y por los altavoces de ambiente se escucha el cumpleaños feliz. Casi todos se ahogan al cantarlo porque la estúpida canción está en un tono imposible. Mientras tanto, el empleado ha retirado la tarta y con diligencia se dirige al siguiente corralito con la misma tarta para preguntar a los padres siguientes ¿cuántos añitos? Y colocar el número de velitas que corresponda... y así hasta terminar con todos los cumpleaños que se celebren en el celebracionario. ¿Qué clase de idiocia nos ha llegado?
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