Estaba dándole vueltas a lo que hemos progresado en unos cuantos años y es que ni me lo creo. Me paraba a pensar en cómo han evolucionado la vida y las costumbres en cincuenta años y me parecía que estaba hablando de otro país.
Recordaba que los chavales de mi edad íbamos a la Escuela en el pueblo de diez a una y de tres a cinco; luego merienda y juegos. Cuando se encendían las luces de la calle, a casa, a hacer los deberes (problemas de aritmética siempre) la cena, tertulia de los mayores, en la que rara vez se nos dejaba intervenir, y a la cama. No recuerdo a nadie que tuviera un puñetero trauma por eso.
Heredábamos ropa de gente mayor que nosotros y nunca pudimos saber de qué marca era.
Comíamos... de lo que hubiera. Ni una hamburguesa, ni donuts, ni carne casi nunca porque era un lujo, ... todo lo más pan y chocolate para merendar. El desayuno, leche hervida de vaca con un líquido oscuro recolado hecho de achicoria hervida día tras día. Una golosina, la nata que se quedaba en el colador mezclada con azúcar.
A nadie se le ocurría siquiera discutir con una persona mayor. Aunque tuviera más razón que un santo. El Maestro era la máxima autoridad en materia de educación y el Alguacil se bastaba para mantener a raya a los más díscolos. ¿Travesuras? todas, pero si te cogían en una, ni tu madre te defendía; sabías que lo que hicieras lo hacías a tu riesgo y ventura.
No tuve un bolígrafo hasta que hice la primera reválida. Una pluma estilográfica perdí en segundo de bachiller y ya no tuve otra hasta que me la pude comprar por mí mismo.
No había niños obesos. Algún gordito que se imponía por ser el dueño de la pelota y el que mandaba lo que había que hacer. Luego, en el ardor del juego, no se comía una rosca y terminábamos apartándolo.
No se hacían estudios de nutrición. Comer era lo importante, aunque el queso y la leche americanos no fueron nunca santo de la devoción de nadie, todo el mundo los aceptó de mejor o peor grado.
“Cuando seas padre comerás huevos” se nos decía a los pequeños, que el que había de estar fuerte y bien nutrido para traer a casa la manduca era el padre.
Ninguno de los chicos con los que conviví en el pueblo llegaron a pasar hambre física, pero porque comían “de todo”.
Cuando alguno se ponía en plan “fino” y decía que algo no le gustaba era objeto de las chanzas de todos los que tenía alrededor y se le tachaba de “fetillero”, que es palabra que aún no tiene el castellano pero que significa, en mi pueblo, melindroso, asquerosillo, cargante y pitiminí, en relación con la comida.
El pan no se tiraba. Y si, en el transcurso de los juegos, caía a tierra un mendrugo de los que servían de merienda, se limpiaba, se le daba un beso (en el pan estaba Dios) y adentro con él.
A mí, los amigos me consideraban un privilegiado porque cuando íbamos de cena –de bocadillo- siempre llevaba dos; uno de cada clase. Y fruta para postre. Ellos se apañaban con uno, de mayor tamaño, pero sin la variedad de los míos.
Aún llegué a conocer a alguien que, al ser invitado a una paella allá por la mitad de los años cuarenta, creyendo que era plato único, se atiborró, de tal modo que, cuando sacaron carne frita de segundo, no pudo comer más y se puso a llorar de pura impotencia. Tal era “el galillo” que pasaba el sujeto en cuestión.
El pan de consumo doméstico, lo amasaban las mujeres en casa -para toda la semana y algunas hasta para más- con la harina que les quedaba después de que hubieran ocultado la cosecha todo lo posible, porque la harina estaba intervenida –un pan rico y oloroso- luego, en cuanto lo traían del horno, lo ponían a secar en sitio fresco para que endureciera antes... y se comiera menos.
Podría seguir poniendo muchos ejemplos más, pero creo que son suficientes para darnos cuenta de que hemos ido siendo más ricos, pero ¿más felices?
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