Una página en la que quepa todo, incluso la discrepancia, siempre que se escriba con sentido del humor y dentro de los límites de la buena educación.
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Han llegado, con cuentagotas, pero han llegado al fin, las lluvias. Yo no sé por qué se llama a esto el “mal tiempo”. Llueve, sí, pero era necesario que el cielo se apiadara de nosotros ya que la ministra Narbona no lo hace. Las temperaturas han bajado... lo que era de esperar en el mes de enero.
Lo que ocurre es que nos estamos acostumbrando a tenerlo todo, ya. Y como me da la impresión de que tampoco se trata de eso, pues así nos luce el pelo. Tenemos todos tantas cosas que decir y todas ellas tan importantes que es difícil encontrar una conversación sosegada en la que cada uno escuche los argumentos del otro o sus exposiciones, o lo que relate. Todo se nos va en pretender que no haya vacíos en el uso de la palabra y, de ese modo, se dicen las memeces que se dicen, porque, claro, no todos tenemos cosas interesantes que decir en cada uno de los momentos de nuestras relaciones con los demás.
Hace ya bastante tiempo, alguien, de quien no guardo mal recuerdo –ni bueno-, me dijo con ocasión de una intervención mía que consideró fuera de lugar: “...cuando uno no tiene qué decir, se calla.” Me dolió en el alma por el tono de reproche, por el momento y por la presencia de terceros que no tenían por qué haber escuchado el reproche. Pero el que me interpeló tenía razón. Luego tuve ocasiones de recordarle la escena y de aplicarle su misma medicina... en privado..
Porque una cosa es predicar y otra dar trigo. Que en más de una ocasión me he descubierto interrumpiendo el discurso de otro con la pobre excusa del “perdona” para tomar la palabra y dejar al que la tenía con ella en la boca...
Creo que eso se debe al orgullo. Lo que nosotros tenemos que decir es lo más importante y es imprescindible que no se nos olvide para que el mundo pueda empaparse de nuestra sabiduría. Lamentable, pero cierto.
Huyendo de esa situación, también me he visto pecando en sentido contrario hasta caer en la taciturnidad. Conversaciones ha habido en las que mis intervenciones han sido tan escasas, por no decir nulas, que, alguien de los que me conocen, me ha preguntado en un aparte: “¿te encuentras bien?”
O sea que es difícil, por lo que constato a medida que escribo, llegar a mantener un equilibrio en el que apoyar nuestra virtud. ¿Virtud? ¡vaya palabra antigua! Quiero decir en el que apoyar nuestra estima, propia y de los demás; pero ¿no habíamos quedado que en el punto medio estaban las medianías? ¿para qué esforzarnos en ocupar ese lugar cuando nosotros somos la sal de la tierra?. Sigamos hablando a troche y moche que no incurriremos en demasía alguna que nos sea reprochada por nuestros coetáneos. Vamos a disfrutar de los placeres que da la vida: “Hoy comamos y bebamos/ y cantemos y holguemos/ que mañana ayunaremos...” Y como esto ya lo decía Juan del Enzina en el año 1500 más o menos, pues resulta que no es mal de hoy, sino que viene de antiguo.
Este escrito demuestra cómo, desde una proposición y utilizando verborrea se puede llegar a algo completamente distinto de aquello por lo que se había empezado.
Ruego a mis hipotéticos lectores que me disculpen. Amén.


2007-01-29, 19:31 | 0 comentarios

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