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> La palabra <

La palabra precede al hombre, la acción, lo califica.
Cuando el hombre habla, su voz le precede y anuncia su intención; luego llega el hombre –después de su palabra- y refuerza lo dicho con su presencia. Pero sólo es la acción que sigue a su declaración de intenciones la que determina -con su acuerdo o su desacuerdo con la palabra emitida- la catadura moral del hombre.
El hombre es, por tanto, esclavo de su palabra y su servidor. Está, además, supeditado a lo que ha dicho y, en teoría, obligado por sus palabras.
Pero, he aquí que el hombre es falible y puede haber emitido un aserto que no pueda cumplir o que descubra, tras haberlo dicho, que está equivocado. ¿Qué debe hacer entonces?
Primero reflexionar acerca de si su juicio anterior es incierto o falso o si lo que le parece falso es porque lo que piensa ahora favorece sus intereses y no se ajusta a la verdad. De esto habremos de inferir que no es la palabra la que ha de gobernar al hombre, sino su recta conciencia.
Si el hombre se deja guiar por “lo que le interesa” estaremos ante un sinvergüenza, un “listo” o alguien con moral acomodaticia. Si se deja guiar por su conciencia recta estaremos ante un hombre íntegro.
Otra cosa será que la formación moral de ese hombre se adecue o no a lo que es justo y la nueva inferencia será que el elemento que ha de gobernar al hombre habrá de ser su “recta conciencia bien formada”.
Pero el hombre es diverso. No todo el mundo vive en occidente y los modos de actuar varían de unas sociedades a otras, por tanto, habrá que concluir que es “la recta conciencia bien formada de acuerdo con las normas morales de la comunidad en la que viva” la que ha de guiar al hombre.
No obstante lo anterior, hay normas de conducta, hábitos normalmente admitidos en una sociedad que son reprobados por otra u otras, ¿qué hacer entonces? Entonces no tenemos más remedio que acudir a una zapateril “Alianza de civilizaciones” que se encargue, mediante “Educaciones para la ciudadanía” y empezando por la aceptación de todos los modos de vida que en el mundo haya, de “deconstruir” al hombre actual y reconstruir un hombre nuevo que sea capaz de asumir como propio todo lo que es asumible por el resto de los hombres.
Pero un hombre así entraría en conflicto consigo mismo y con sus creencias apenas pusiera, una frente a otra, dos ideas contradictorias entre sí; así es que el supuesto hombre nuevo sería un ser alienado e infeliz, salvo que se dedicara a ser mudo voluntario o mintiera.

2006-12-27, 16:13 | 0 comentarios

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