Hay gente que es adicta a las cosas más extrañas que puedan ser imaginadas. Hay, incluso, quien es adicto ¡al trabajo!. Como queda claro con sólo enunciar lo enunciado, en estos mamíferos existe un componente de masoquismo que no hace falta demostrar porque es palmario. Amar lo que no es sino un castigo, y bíblico por añadidura, no puede tener otro calificativo.
“Ganarás el pan con el sudor de tu frente” –dicen que le dijo Dios a Adán. Y debo suponer que se lo dijo de una manera dulce, como quien desea un buen día a otro, porque no me imagino a Dios cabreado por muchas putadas que le gastemos los hombres, que, en estos menesteres somos únicos. Después del incidente, el hombre se ha ido dedicando a mirar al techo y a silbar por si colaba lo de no dar un palo al agua y se ha inventado mil subtefugios y diez mil maneras de ganarse el pan con el sudor... “del de enfrente”, que no es lo mismo, aunque resulte extrañamente similar.
Como los inventos sucesivos para no trabajar han dado resultados de lo más variopinto, ha habido hombres que se han pasado la vida mirándose las uñas y otros, pobres, que se han deslomado intentando llevar la pitanza a casa. Hasta que se inventaron los sindicatos y entonces, los más avispados consiguieron una sinecura que les permite percibir su salario sin trabajar y, de paso, hacer que sean otros lo que les ganen el jornal. Me refiero a los “liberados”, esos inefables “trabajadores” que lo primero que hacen es decir en su empresa que “de trabajar, nada” porque se deben a la “causa de los compañeros”, sea cual sea la causa a la que se deban, claro.
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